Mostrando entradas con la etiqueta José Kunita.. del libro "El Hechizo" (fragmento). Todos los derchos reservados.. Mostrar todas las entradas
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domingo, 30 de octubre de 2011

LA VISITA



La figura oscura apareció de la nada. La sombra negra, densa como humo de alquitrán, apareció sin más, ahí parada, junto a la ventana a penas iluminada por la noche q' encendía ténuemente las cortinas. Fue lo último q' vio ese hombre entrado en años de pijama de seda, q' acababa de tomar sus pastillas, de poner su dentadura en remojo, y q' se disponía a dormir. La calva le transpiraba frío. La presencia tenebrosa en esa ventana abierta a la brisa nocturna lo paralizó del susto al entrar en su habitación a oscuras. No pudo encender la luz. Y no podía hablar. Su garganta había enmudecido. El vaso con agua q' dejó caer sin darse cuenta, fue lo último q' escuchó;...  justo antes de q' la cama de añeja madera se arrastrara sola, violenta y ruidosa, contra la pared opuesta, volteando un cuadro q' colgaba tranquilo. El aire repentinamente congelado de la habitación fue lo último q' sintió. Una fuerza invisible y muy poderosa, lo hizo volar hasta la cama blanda y le oprimió el pecho. ¡No parecía posible respirar! Al mirar en su angustia, la sombra inmóvil seguía allí parada, junto a la ventana, en absoluto silencio. Se sintió atado, sujetado de pies y manos, ¡totalmente atrapado!... ¡Terrible era la sensación de estar forcejeando con algo invisible q' lo atacaba en la oscuridad!... ¡Desesperación absoluta!...   ¡No era posible gritar!...    ¡Y no era posible resistir!

Algo pasó después... Aunq' ahora ya no importa.









domingo, 6 de febrero de 2011

EL VUELO NOCTURNO ¡Yo Sí Creo en las brujas..! ¡Creo! ¡Creo!








La transformación es casi siempre traumática. Todo comienza con un calor en la sangre q' pronto parece hervir y es como fuego en las venas. Una energía recorre el cuerpo. La piel se eriza y hasta el último pelito se electriza. Un irresistible frenesí invade la consciencia y nubla el juicio. Una fuerza invisible se apodera del cuerpo hasta la última célula. Y la mente, ya dominada por una fuerza animal, olvida hasta su nombre.
Es entonces cuando el cuerpo cambia...
Una ventana abierta a la luz de la luna es como una invitación para el ansia incontenible de salir a volar como un ave de rapiña, como una criatura de la noche sedienta de sangre. Salir disparado por esa ventana bajo el poder de una fuerza q' transporta al cuerpo ya transformado, y lo eleva a las alturas a una velocidad vertiginosa es una consecuencia lógica, una reacción automática...

Y si la carne completamente sacudida, estremecida por la embriagadora sensación de poder, logra sentir el aire nocturno rozarle violento, el ojo es más ágil para ver desde lo alto, hasta el insecto más pequeño q' camine sobre la tierra húmeda, sobre el asfalto todavía caliente de las calles, entre las casas medio dormidas de luces adentro y afuera, ó sobre la corteza áspera de los gigantescos árboles q' se mecen suavemente con cualquier brisa q' suspire entre sus hojas.

Con el poder para volar como el viento, como un fantasma en la noche, sería muy fácil atrapar a la víctima. Sería cosa de llegar hasta su ventana en absoluto silencio. Sería cosa de entrar y salir sin ser vistos.

domingo, 30 de enero de 2011

LA FOTO (Sólo lee la primera línea...)



La foto de Amelia le hacía compañía, dormida en el bolsillo de la camisa. Llena de luz, con su sonrisa impresa para siempre, parecía mirarlo la ingenua picardía en sus ojos. A veces no la sacaba para q´no se le llenaran los ojos de lágrimas...


La visión resplandecía con una tristeza inmensa; como una luz dorada q' moría. El árbol era hermoso; sencillamente hermoso. La tarde, q' ardiendo se fundía en el follaje, muriendo entre sus hojas, le dolía en el alma. ¡Esas firmes ramas, tan fibrosas, vestidas de hojas, mundos de hojas y luz,... tán llenas de vida! ¡Y su alma, tan llena de muerte y tristeza! El árbol era perfecto. Su tronco fornido, arraigado a la tierra, aferrado a la vida. A través del sucio parabrisa, teñido del caramelo más amargo q' acaricia con su letargo la cuerina del tablero y el volante decidido, Kitahir  miraba ese árbol, como quien mira a la parca a los ojos, con la resignación del condenado.
La mano de piel canela q' sujetaría ese volante por última vez, aferrábase a un momento en el pasado. El espejo retrovisor veía en unos ojos negros de muchacho, bajo unas tranquilas cejas tupidas, una mirada infinitamente triste....
El árbol era perfecto. Creyó q' nunca lo encontraría. Sus ramas serían lo bastante fuertes para sujetarlo a él por última vez...

Sólo la foto de Amelia le hacía compañía... Lo aturdían esos ojitos q´siempre parecían mirarlo. ¡Cómo la extrañaba! ¡Qué vacías habían quedado sus tardes, y sus noches, sin ella! 

domingo, 26 de septiembre de 2010

ENCUENTROS








(...La primera vez q' Amelia vio a Kitahir... se enamoró de Él perdidamente...   Pero ella estaba segura de q' un muchacho como él nunca se fijaría en ella. Así q' Amelia decidió contentarse con conocerlo como un amigo y nada más...)


...Los tambores tronaban; los redoblantes, marcando el paso de la noche palpitaban. Estallaban en el pecho de los muchos q' miraban. Como una catarata estrepitaban. Como una estampida de aire aturdía los oídos y casi tapaba los aplausos y los gritos de la multitud, de la gente de los barrios, ahí a orillas de la calle reunida, en las  veredas. Bailaba en el cuerpo de las mujeres y las chicas de la comparsa, con su belleza al descubierto, con su carnaval de flores y plumas y lentejuelas, con el ombligo desnudo igual q' las hermosas piernas y sus colas y sus crestas vestidas de colores. Chillaba en las trompetas, una cancioncita burlesca, un candombe picaresco q' calentaba el corazón y alegraba el alma...

Entre la multitud bulliciosa era fácil perderse. ¡Demasiado fácil con tanta gente amontonada en las veredas, entre los árboles tupidos, entre los postes de metal del alumbrado y los de madera de la red telefónica, y las torres transformadoras! Era constante murmullo  q' tapaba el silencio y los coros de gorriones y jilgueros q' cantaban el anochecer entre las ramas y las hojas. Los carros del corso eran tan pintorescos. La voz eufórica del animador q' presentaba y describía las caravanas, a los gritos, en los altoparlantes, se hacía eco en todas las esquinas. ¡Era mágico! El humo delicioso de las carritos de chori asado a la parrilla se esparcía como un fantasma y se olía a muchas calles de distancia.
   Los carros alegóricos tenían enormes adornos y tronos con diosas, y dioses de la naturaleza, q' saludaban a la multitud, iluminados con luces de colores y máquinas de humo. Las explosiones de papel picado y serpentinas llovían sobre el público q' los vivaba, los silbaba y los bañaba con sus pomos de agua y espuma...


(...La primera vez q' Kitahir vio a Amelia, se enamoró de Ella perdidamente... Pero él creyó q' una chica como ella, nunca se fijaría en él. Así q' decidió contentarse con intentar una amistad...)